El Presidente que Entró por la Puerta Trasera (I)

cálamo & alquimia® | silvia meave

PRIMERA PARTE

MÉXICO.- En el primer minuto de este 1 de Diciembre 2006, el nuevo presidente de la República, Felipe Calderón, tomó posesión de su cargo en la residencia oficial de Los Pinos en una ceremonia “privada”, sin acceso a los medios de comunicación, mientras los diputados del partido oficialista y de la oposición izquierdista mantenían tomada la tribuna del Congreso.

El acto fue descrito por medios informativos locales como un evento que se llevó a cabo en “un ambiente eminentemente marcial” y cuando algunos de los reporteros acreditados para la toma de posesión arribamos antes de las seis de la mañana al centro internacional de prensa desde donde nos trasladaríamos al Congreso, nos encontramos con que sólo los monopolios televisivos, las grandes agencias informativas transnacionales y medios impresos acreditados de fijo en la fuente legislativa podrían acceder al trámite del traspaso de poderes en la Cámara de Diputados.

Los reporteros de televisión portaban gafetes de acreditación como “fuente oficial” (¿?) y subieron a los autobuses sin mayor trámite; pero otros nos quedamos en un enorme y nice lounge transformado en sala de prensa que ofrecía todas las comodidades para reportear sin sobresaltos lo que ya algunos han llamado, no sin sorna, “La Batalla de San Lázaro”.

Sin mucho consuelo, un reportero guatemalteco, una canadiense, la corresponsal de una pequeña agencia estadounidense de noticias y la que escribe decidimos empezar a trabajar frente a las pantallas que transmitían sin sonido, las imágenes del canal del Congreso que mostraban una monótona escena de legisladores casi inmóviles en la tribuna tomada por los oficialistas del Partido Acción Nacional (PAN) y los izquierdistas del Partido de la Revolución Democrática (PRD). De pronto, casi a las ocho en punto de la mañana, empezaron algunos movimientos inusuales en la sala de sesiones de la Cámara y ¡paf!, las pantallas de la sala de prensa se apagaron y re-encendieron para que apareciera solamente una imagen con el logo del nuevo gobierno.

Creo que fue automático y todos los periodistas que estábamos escribiendo en las computadoras, empezamos a abrir el sitio web del canal del congreso para ver qué estaba pasando realmente. La primera imagen que recuerdo fue la del senador panista Santiago Creel caminando en medio de legisladores que se golpeaban, se aventaban y tal vez pretendían tundirlo. Las computadoras no tenían sonido, así que la reportera que estaba sentada junto a mí intentaba leer los labios de los diputados y senadores que de repente eran tomados en close up por la cámara.

De pronto, los presentes en la sala experimentamos una rara sensación cuando nos dimos cuenta de que los soldados del Estado Mayor Presidencial -distribuidos en línea en toda la sala de prensa con una separación de tres o cuatro metros entre uno y otro- miraban de reojo las pantallas de las computadoras, sin lograr descifrar si era porque también querían ver qué estaba pasando en el Congreso o enterarse de cómo cada periodista estaba describiendo en su nota lo que ocurría.

Intentaba escribir la anécdota de un Felipe Calderón que había tomado posesión de su cargo en inusual ceremonia, rodeado de militares cuando la mayoría dormía, hasta que mi inspiración para atar las palabras se topó con la ambigua mirada de un soldado frente a mí –algo que nunca había vivido- que no me hacía sentir más segura en la posibilidad incierta (ojalá remota) de un atentado terrorista dentro o en los alrededores de la sala de prensa, o en la incógnita de que estuviera emergiendo un Estado castrense a la sombra de la asunción de un presidente cuyo triunfo aún está en duda para un porcentaje del electorado que podría ser casi idéntico al que votó por él.

La información que fluía entre colegas invitaba al rumor: que si Calderón llegaría a San Lázaro en un transporte terrestre, que si llegaría en helicóptero, que si podría entrar… o no.

En cierto momento se supo que los perredistas habían bloqueado la entrada principal al recinto legislativo y que los legisladores del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó 71 años, parecían no tener posibilidades de ingresar a la sala de sesiones y no había quórum para que la sesión solemne de la toma de posesión se diera. Un reportero que estaba en la línea telefónica con un colega en San Lázaro avisó: “Calderón está en la Cámara, pero quién sabe por dónde va a entrar”. Y en ese instante, por los altavoces del centro internacional de prensa, se urgía a los periodistas a abordar el autobús que nos llevaría al Auditorio Nacional, siguiente parada del flamante presidente Felipe Calderón, si era que él lograba asumir ante el Congreso.

¡Qué mal plan, salir corriendo de la sala de prensa justo cuando todo el mundo se preguntaba cómo entraría Calderón a rendir protesta! El tiempo del trayecto entre la sala de prensa y el autobús fue el mismo que Felipe Calderón hizo de su camioneta a la tribuna de la Cámara de Diputados, por una puerta trasera.

Alguien en el autobús sintonizó la radio y en silencio, los periodistas escucharon una breve ceremonia: la voz de Calderón rindiendo protesta, el himno nacional y los comentarios de los locutores que enfatizaban la cancelación de un discurso a la nación in situ del nuevo presidente, para trasladar el evento más importante del día al Auditorio Nacional.

La ceremonia express sentaba precedente histórico; pero esa era la primera parte del día y -dijo un elemento del equipo presidencial- lo importante de la jornada estaría en el Auditorio Nacional. <>

Texto publicado originalmente en www.tribu-info.ws